1- LIENZO DE JOSÉ BENLLIURE
TRANSCRIPCIÓN:
La Visión de San Vicente Ferrer predicando el Juicio Final
Ante usted se encuentra una de las obras más monumentales y singulares de José Benlliure Gil, uno de los grandes nombres de la pintura valenciana y española entre los siglos XIX y XX. Este inmenso lienzo, de aproximadamente seis metros de altura por cuatro de anchura, ocupa un lugar fundamental dentro del patrimonio artístico del Real Colegio de las Escuelas Pías de Valencia.
La pintura que contemplamos hoy es el resultado de una larga evolución artística y simbólica. Su origen se remonta a finales del siglo XIX, alrededor de 1900, cuando Benlliure comenzó a trabajar en una gran composición titulada El Valle de Josafat en el Día del Juicio Final.
El tema procedía de la tradición bíblica y, especialmente, de los textos del profeta Joel, donde se describe el Juicio Final en el Valle de Josafat, cerca de Jerusalén. Benlliure se inspiró en pasajes que hablan de la resurrección de los muertos, del juicio divino y de la separación entre salvación y condena.
La obra fue concebida como una gran pintura de exhibición internacional, siguiendo el modelo de los enormes lienzos históricos y visionarios que triunfaban en los grandes salones europeos de la época. El propio Benlliure buscaba repetir el éxito alcanzado anteriormente con La Visión del Coliseo, una de sus obras más celebradas.
Para preparar esta composición, el pintor desarrolló un complejo proceso creativo. Se conservan fotografías de Benlliure trabajando en el cuadro en su estudio de Roma, así como bocetos, estudios preparatorios y un curioso manuscrito en francés, de autor desconocido, que describe minuciosamente la escena del Juicio Final y los personajes que debían aparecer en ella.
En aquella primera versión aparecían figuras inspiradas en la Divina Comedia de Dante, como Dante y Beatriz, mezcladas con santos, penitentes, condenados y multitudes que emergen entre cielos oscuros y paisajes apocalípticos.
Pero la historia del cuadro cambió por completo años después.
Con motivo de la celebración del V Centenario de la muerte de San Vicente Ferrer en 1919, Benlliure decidió transformar profundamente la obra. Sustituyó las figuras centrales de Dante y Beatriz por la presencia monumental del santo valenciano predicando desde el púlpito de la Catedral de Valencia.
El propio pintor explicó esta transformación en una carta extraordinaria dirigida al dominico Fray Luis Urbano Lanaspa. En ella describe cómo imaginó a San Vicente Ferrer “como el Ángel del Apocalipsis”, apareciendo casi en una visión nocturna, exhortando a la humanidad al arrepentimiento con una intensidad sobrenatural.
Benlliure cuenta que veía mentalmente sus cuadros antes de pintarlos, especialmente cuando se trataba de escenas fantásticas o visionarias. Según sus propias palabras, al quedarse a oscuras, las imágenes aparecían ante él con claridad, y después trataba de trasladarlas fielmente al lienzo.
Por eso la figura de San Vicente Ferrer adquiere aquí una presencia casi teatral y profética. Observe su gesto, la tensión de las manos, la intensidad de la mirada y el movimiento del cuerpo. El santo se convierte en el eje espiritual de toda la composición, separado visualmente de la multitud como si hablara desde otra dimensión.
A su alrededor, Benlliure despliega un impresionante repertorio de emociones humanas. El miedo, la esperanza, el arrepentimiento, el asombro o la fe aparecen reflejados en los rostros y en los gestos de decenas de personajes. El objetivo era provocar una fuerte impresión emocional en el espectador.
La obra inició después un largo recorrido internacional. Fue expuesta en ciudades como Múnich, Stuttgart o Leipzig, y posteriormente continuó viajando por otros centros europeos como Varsovia, Cracovia o Lemberg.
En aquella época, estas grandes exposiciones no solo servían para vender obras, sino también para consolidar el prestigio internacional de los artistas. Benlliure utilizó este monumental lienzo como una auténtica carta de presentación ante el público europeo.
Cuando la obra fue presentada en Valencia en 1919, dentro de los actos vicentinos celebrados en la Universidad Pontificia, el impacto fue enorme. La prensa valenciana llegó incluso a reclamar públicamente que el cuadro permaneciera para siempre en Valencia.
Finalmente, en 1953, la hija del pintor, María Benlliure, donó el lienzo al Real Colegio de las Escuelas Pías de Valencia, cumpliendo así el deseo de su padre, que además había sido antiguo alumno de esta institución.
Desde entonces, esta obra forma parte inseparable de la historia del colegio y del patrimonio artístico valenciano.
Hoy, más de un siglo después de su creación, La Visión de San Vicente Ferrer predicando el Juicio Final sigue impresionando por su escala, su fuerza narrativa y su extraordinaria capacidad para unir pintura, espiritualidad y emoción humana en una única imagen.
2- REAL COLEGIO DE LAS ESCUELAS PÍAS
TRANSCRIPCIÓN: EL REAL COLEGIO DE LAS ESCUELAS PÍAS
Antes de entrar en la iglesia y contemplar su gran cúpula, conviene detenerse un momento en el lugar en el que nos encontramos. El Real Colegio de las Escuelas Pías de Valencia no es solo un edificio monumental: es una institución educativa profundamente ligada a la historia social, cultural y espiritual de la ciudad.
Su origen se sitúa en el siglo XVIII, en un momento de transformación de la enseñanza y de la vida urbana valenciana. La llegada de los escolapios respondía a una necesidad muy concreta: ofrecer educación a los niños, especialmente a aquellos que no podían acceder fácilmente a una formación reglada. El espíritu de San José de Calasanz, fundador de las Escuelas Pías, estaba basado en una idea entonces revolucionaria: la educación debía estar abierta a todos, uniendo instrucción, formación humana y vida cristiana.
Las primeras escuelas se instalaron en condiciones muy modestas. Según recoge Daniel Benito, el edificio que albergaba inicialmente a los religiosos y a los alumnos se encontraba en un estado casi ruinoso, hasta el punto de que los maestros de arquitectura consultados aconsejaron buscar otro local por seguridad. Fue entonces cuando cobró un papel decisivo el arzobispo Andrés Mayoral, una de las grandes figuras de la Ilustración valenciana, quien impulsó la consolidación del colegio y facilitó los medios necesarios para darle estabilidad. Si el conde de Carlet fue promotor de la fundación, Daniel Benito subraya que el verdadero fundador fue el arzobispo Mayoral.
Mayoral no concibió este proyecto solo como una obra religiosa, sino como una empresa educativa de primer orden. Su interés por la enseñanza formaba parte de una visión más amplia de progreso social y cultural. Bajo su impulso se desarrollaron centros docentes, bibliotecas y proyectos destinados a elevar el nivel intelectual y moral de la sociedad valenciana. En el caso de las Escuelas Pías, su apoyo permitió que el colegio creciera y se convirtiera en una referencia educativa.
El colegio combinaba dos realidades complementarias. Por un lado, las escuelas públicas, donde los niños pobres podían recibir instrucción gratuitamente. Por otro, el Seminario o Colegio Andresiano, fundado en 1763 por el propio arzobispo Mayoral, destinado a la formación de colegiales internos. Este Seminario tenía constitución, régimen y maestros propios, y ofrecía una educación amplia, que incluía lectura, escritura, lengua latina, humanidades, retórica, aritmética, geografía, historia sagrada y profana, griego, latín y francés.
La importancia del Andresiano fue extraordinaria. Daniel Benito lo presenta como uno de los grandes modelos pedagógicos de su tiempo, hasta el punto de llegar a ser considerado el mejor colegio de las Escuelas Pías en España durante el siglo XVIII. Su prestigio atrajo a profesores destacados y a alumnos que más tarde ocuparían un lugar relevante en la cultura, la ciencia y la vida pública. Entre los nombres vinculados a su historia figuran Gabriel Císcar y Císcar, José Pizcueta y Gallel o Manuel Sanchis Guarner, entre otros.
El lema escolapio, “Piedad y Letras”, resume bien el espíritu de este lugar. No se trataba únicamente de enseñar contenidos, sino de formar personas. La educación debía integrar conocimiento, disciplina, sensibilidad religiosa, cultura humanística y compromiso con la sociedad. En el Seminario Andresiano, los colegiales participaban en academias, ejercicios literarios y prácticas formativas que buscaban desarrollar tanto la inteligencia como la expresión pública y la vida interior.
A lo largo del tiempo, el Real Colegio fue mucho más que un centro escolar. Fue un espacio de cultura, de transmisión de saber y de presencia pública en la ciudad. En el barrio de Velluters, ligado históricamente al trabajo artesanal y sedero, las Escuelas Pías introdujeron una dimensión educativa que transformó el entorno. El edificio se convirtió en un punto de referencia para generaciones de valencianos, un lugar donde la enseñanza, la religión, la arquitectura y la vida urbana se encontraron de forma natural.
Las fuentes del siglo XIX todavía recuerdan esa doble dimensión: la monumentalidad del conjunto y la función social de la enseñanza. Una guía de 1841 destacaba que el colegio era amplio, ventilado y dirigido por profesores sabios, y señalaba expresamente que en sus escuelas públicas recibían instrucción gratuita los niños pobres que se presentaban.
Por eso, al recorrer hoy el Real Colegio de las Escuelas Pías, no visitamos únicamente un monumento. Visitamos una institución que nació para educar, para abrir caminos de conocimiento y para situar la enseñanza en el corazón de la ciudad. La iglesia, la cúpula, el claustro, el cuadro de Benlliure y los espacios del colegio forman parte de una misma historia: la de un lugar donde la arquitectura se puso al servicio de una misión educativa, cultural y espiritual.
Ese es el verdadero sentido del Real Colegio: un espacio monumental, sí, pero también una memoria viva de la educación valenciana.
3- IGLESIA DE SAN JOAQUÍN
TRANSCRIPCIÓN: IGLESIA DE SAN JOAQUÍN
La iglesia de San Joaquín constituye una de las grandes obras maestras del clasicismo español del siglo XVIII y uno de los espacios arquitectónicos más singulares de Valencia. Integrada en el conjunto del Real Colegio de las Escuelas Pías, fue concebida como el gran centro espiritual y simbólico de la institución fundada por los escolapios en la ciudad, en un momento de profunda transformación cultural impulsada por la Ilustración y el nacimiento del academicismo valenciano. Su monumental cúpula, visible desde numerosos puntos del casco histórico, se convirtió desde el inicio en uno de los grandes hitos urbanos de Valencia.
La construcción del colegio comenzó en 1739 gracias al impulso decisivo del conde de Carlet y, especialmente, del arzobispo Andrés Mayoral, gran mecenas ilustrado de la ciudad y principal protector de la fundación escolapia valenciana. El edificio del colegio quedó terminado en 1742, pero la iglesia monumental se proyectó posteriormente como culminación espiritual y arquitectónica del conjunto.
La concepción de la iglesia respondió plenamente a los ideales del nuevo clasicismo académico promovido desde las academias de bellas artes europeas y, en España, desde la recién creada Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y la posterior Academia de San Carlos de Valencia. Frente al dinamismo emocional del barroco, la nueva arquitectura aspiraba a recuperar la claridad geométrica, la proporción, la estabilidad y el equilibrio inspirados en la Antigüedad clásica.
En este contexto nació la iglesia de San Joaquín: un espacio construido desde la razón geométrica y la monumentalidad simbólica. Su planta circular y su gran cúpula remiten directamente al Panteón de Agripa en Roma y a otros grandes modelos clásicos reinterpretados desde la sensibilidad ilustrada del siglo XVIII. La arquitectura se convierte aquí en una manifestación de armonía matemática y espiritual.
El proyecto estuvo vinculado a importantes arquitectos y artistas valencianos del momento, entre ellos José Puchol y Antonio Gilabert, una de las figuras fundamentales del neoclasicismo valenciano y responsable también de la gran reforma clásica de la Catedral de Valencia. La iglesia representa uno de los ejemplos más avanzados del nuevo lenguaje académico desarrollado en la ciudad durante la segunda mitad del siglo XVIII.
Su impresionante cúpula, de aproximadamente 24,5 metros de diámetro y cerca de 48 metros de altura total, está considerada una de las mayores de Europa construidas íntegramente en fábrica de ladrillo. Su estructura constituye una auténtica proeza técnica y arquitectónica. La perfecta distribución de cargas, la pureza geométrica del espacio y la progresiva verticalidad de los órdenes arquitectónicos generan una poderosa sensación de ascensión y ligereza monumental.
Uno de los aspectos más singulares del edificio es su tratamiento de la luz natural. La arquitectura no utiliza la luz únicamente como elemento funcional, sino como un auténtico material constructivo capaz de modelar el espacio y reforzar su dimensión simbólica. La luz penetra de forma cuidadosamente dirigida a través de la linterna superior y de las ventanas del tambor, bañando progresivamente las esculturas, los órdenes arquitectónicos y la gran rotonda interior.
La decoración escultórica de la iglesia fue realizada en gran parte por Ignacio Vergara, una de las figuras más importantes de la escultura académica española del siglo XVIII y director de la Academia de Bellas Artes de San Carlos. Son obra suya los evangelistas monumentales y el gran relieve del altar mayor. También participó su hermano José Vergara, uno de los grandes pintores valencianos del academicismo ilustrado, autor de la pintura principal del altar.
El interior de la iglesia refleja perfectamente los ideales del clasicismo académico: claridad compositiva, jerarquía espacial, monumentalidad serena y equilibrio entre arquitectura, escultura y luz. La verticalidad del espacio conduce visualmente hacia la gran linterna superior, reforzando simbólicamente la idea de ascensión espiritual.
La reciente restauración integral de la cúpula ha permitido recuperar gran parte de su esplendor original y estudiar en profundidad tanto su comportamiento estructural como sus sistemas constructivos históricos. La intervención incluyó estudios tridimensionales, análisis de materiales, recuperación artesanal de elementos cerámicos y consolidación estructural de numerosos sectores dañados. El proyecto fue reconocido con el Premio Europa Nostra 2026, uno de los máximos reconocimientos europeos en conservación del patrimonio cultural.
Hoy, la iglesia de San Joaquín y el Real Colegio de las Escuelas Pías continúan siendo un espacio vivo donde arquitectura, historia, espiritualidad y cultura siguen dialogando con la ciudad. El monumento acoge visitas culturales, actividades educativas, conciertos y nuevas experiencias artísticas que permiten redescubrir uno de los grandes tesoros patrimoniales de Valencia desde una mirada contemporánea.